Gacetilleras, Pedro Fernán, Teatro

El Teatro por dentro y por fuera, Capítulo V, por Pedro Fernán

Luis Jaime profesor de Expresión Corporal de la ESAD

Luis Jaime profesor de Expresión Corporal de la ESAD

Aquel septiembre se presentó esperanzador: Joaquín Eléjar Tous, profesor también de la ESAD, Y guía cultural y espiritual de un grupo enclavado en Ciudad Jardín, todos jóvenes, y con la fuerza que da una causa noble, se matricularon en la escuela. Eran aproximadamente veinte, así que se incrementó el número de matrículas… acompañadas del entusiasmo.

Hasta junio todo fue normal, muchas clases recibidas en aquel curso. Éramos profesores, compañeros y amigos de aquella ““muchachada”; e impartíamos conocimiento, a la vez que recibíamos frenesí y ardor de juventud, éramos iguales, ejemplo: el contemplar a aquellas chicas tan jóvenes y bellas, y viceversa.

Nuestros uniformes eran mallas negras, que ceñían nuestro cuerpo y se bañaban en sudor durante la expresión corporal… “¡Caña!” Decía Paco Díaz (acérrimo todavía de los avatares en aquel tiempo pasado)… y a la vez tan cercano para todos. Cachito Noguera, esa chica que parecía de chicle elástico y con aquella sonrisa que llenaba todo de rosas cuando abría la boca. Eran muchos, y encantadores, ya los iré mencionando.

Terminó el curso, y ya, para entonces Luis Jaime, profesor de Expresión Corporal, había decidido la obra idónea para todos nosotros: EL RETABLO DEL FLAUTISTA. Fue entonces cuando Leovigildo (Leo Vilar) pidió que nos dejaran ensayar dentro del Conservatorio (lugar, entonces donde tenía lugar la Esad) Y allí entonces empezó “la fiebre” de cinco horas diarias en pleno verano, y en total movimiento físico cargados de adrenalina positiva.

“No os aprendáis la letra”, decía Luis Jaime, “aprended antes el movimiento, pero amplio, que desarrollarán vuestros personajes”. Yo, perplejo… pero también disfrutando de aquellos saltos de butaca en butaca, por aquella sala de teatro. Si alguien nos hubiera visto… el terror se habría apoderado de él. ÉRAMOS PIRATAS … CON MALLAS EMPAPADAS DE SANO SUDOR.

 

Pedro Fernán es Catedrático de la Escuela de Arte Dramático de Málaga

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El Teatro por dentro y por fuera, Capítulo IV, por Pedro Fernán

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Los actores Jesús Calvo y Nacho Casado

Desde el autocar ya denotaba la luz del día. Jesús Calvo, en el asiento contiguo, entre consabidas sonrisas, murmuró: “Pedro, estás dando cabezadas de sueño”. Sueños ligeros, sí; evocando el pasado, musité, intentando impregnar aquellas palabras de lirismo para que él lo entendiera. Ambos sonreímos con afirmativa complicidad. La verdad, es que aquellos “sueños oníricos” nos trasladaban a tiempos anteriores y referentes al teatro de TESPIS Y A OTROS MUCHOS ACONTECIMIENTOS MÁS.

En seguida, Jesús me espetó: ¡Y cuándo te tragó el teatro romano! Carcajadas de los dos, y mirada de complicidad. ¡Qué numerito, contesté, ahora nos reímos , pero lo pasé fatal. Íbamos a representar LOS GEMELOS de Plauto y dos días antes había llovido. El escenario construido era de madera de aglomerado, y naturalmente, éste estaba mojado y parcialmente “blandito”. Dos días antes, una de las actrices había hincado un tacón en la blanda superficie del tablado y aquello ya era de suficiente alarma.

Yo hablé con algunos de los empleados y responsables del recinto: “Alguien de va a caer por culpa de los mojados de ese escenario. No me hicieron ni caso. Y llegó el momento de nuestra función. Al principio todo iba bien; pero en un momento donde se invocaba a los dioses griegos, donde yo aplicaba unos pasitos ridículos, se hizo un gran boquete por el cual fui abducido hasta la mitad de los brazos, cabeza incluida, en aquellos momentos no supe qué me pasaba, ni sabré nunca cómo emergí a la superficie de aquel supuesto escenario. Y aquella frase tan ocurrente que salió de mis labios: “¡LAS TRAMPAS MALAYAS DEL AYUNTAMIENTO!”

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Pedro Fernán

No lo esperaba, pero la respuesta del público fue inmediata y al unísono. El aplauso duró no sé cuántos minutos; yo me quería mover para comprobar la utilidad de mis piernas. Todo quedó en el sobresalto y tres arañazos, que tras la función me desinfectaron en el Hospital Noble; ahora sí; los empleados me llevaron allí, rápidos y con interés “responsable”.

Asintiendo con un gesto, Jesús se recuesta en la butaca con visible cansancio, lo que me permite a mí cerrar los ojos y repasar por última vez los hechos acaecidos en mi vida dentro del teatro. Desde los trece años hasta ahora nunca me he arrepentido de pertenecer a esta “Bendita profesión”. Me gustaría empezar de nuevo; pero los años pesan más que mis kilos de más. Y además, quizá, no volviera a conocer a compañeros, personajes, y amigos… a los cuales NO PODRÉ OLVIDAR NUNCA. Hacia ellos mi agradecimiento más profundo.

Pedro Fernán es Catedrático de la Escuela de Arte Dramático de Málaga

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Pedro Fernán, Teatro, Vicky Molina

El Teatro por dentro y por fuera, Capítulo III, por Pedro Fernán

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Y llegó el momento: Tras un largo tiempo disfrutando y estudiando a lo largo de nuestra carrera, y haciendo teatro en el Falla y sala de seminario de la ESAD, donde, curiosamente, se llenaba de público en nuestras representaciones : “ Sonó la corneta con el aviso de DIANA FLOREADA” . Habíamos terminado la carrera. ¿Y ahora qué? ¿Dejar el teatro? .

Era muy difícil trabajar en Málaga: por aquel entonces había que encontrar un sitio. Un salón de Iglesia, las monjitas, sitio donde nos dejaran ensayar y representar funciones para la caridad, claro; y tampoco era tan fácil.

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En nuestro último curso de tercero, y por aquel entonces ya estaba en Málaga y como profesor, Luis Jaime Cortez. Era un privilegio para nuestra escuela, “El licenciado”, como a él le gustaba decir, había traído de Argentina conocimientos, de nuevas disciplinas sobre todo de EXPRESIÓN CORPORAL… y otras: Nuevos rumbos del teatro.  Él nos recalcó que el teatro podía despertar “al pueblo” si éste estaba dormido o temeroso de la realidad.

Venía de un sitio donde existía la tortura o las matanzas por razones políticas, y así llego aquí, casi huyendo.

Él nos conocía bien, conectó con Mercedes Cosme (Mery) Mati Valladares, y con un servidor. Nos propuso ejercer como profesores en un nuevo  plan de estudios que LEO VILAR quería implantar. Quizás LEO no se hubiera atrevido, por pudor, proponernos tal tarea, pues se trataba de profesores gratuitos… y eso no estaba en su moral.

Aceptamos encantados y locos de contentos. Los tres teníamos libres las tardes-noches, pues teníamos trabajo sólo por la mañana; así podríamos seguir enganchados al TEATRO. Y nos preparamos con nuevas asignaturas, esperando que llegara el nuevo septiembre. No podíamos imaginar que se estaba gestando para el curso siguiente … aquel grupo que ilusionó a media España:  TESPIS PEQUEÑO TEATRO.

Pedro Fernán es Catedrático de la Escuela de Arte Dramático de Málaga

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Mary Wollstonecraft

 

MARY WOLLSTONECRAFT   (1759-1797)  –  (Madre de Mary Shelley)

Filósofa y escritora. Valiente, decidida y fiel a sí misma, estableció las bases del feminismo moderno en su libro “Vindicación de los derechos de la mujer” (1792).

“…Enseñadas desde su infancia que la belleza es el cetro de las mujeres, la mente se amolda al cuerpo y errante en su dorada jaula, sólo busca adornar su prisión.”

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Gacetilleras, Teatro, Vicky Molina

El Teatro por dentro y por fuera: Capítulo II, por Pedro Fernán

 

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Me parece más justo, sin embargo, no ir directo al grano y remover podredumbres… si no hurgo en mi pasado y mi temprana vocación teatral.

CINCUENTA AÑOS dan y quitan mucho. Confieso…”Confieso que cualquier tiempo pasado fue peor”. El teatro era (más que ahora) el chivato de la voz del pueblo; sin más: el clamor de un espejo cercano y moribundo. Había, por otra parte otra comedia de teatro “amable” que no pasaba ni por aquella estrecha censura. Y estaba el miedo: ese paralizante inevitable que cualquiera sabe que te podían señalar para toda una vida…”y la siguiente”

Causaba estupor, cuando fuera de las Españas el “baúl de la Piquer; Los Flores; Juanita Reina….(con todos mis respetos y admiración hacia ellos) causaban entusiasmo en vista de aquella España alegre, y risueña, donde lo peor era: “Que se había largado con otra, pero que algún día volvería” A aquellos artistas, con la mayor inocencia” le habían colgado el San Benito de “Españolear” y ellos, lo repetían con gran orgullo. Visto desde ahora me hace, levemente, irónico ¡Cómo somos! Y ¿lo seguiremos siendo?… Todas sus obras las recuerdo con claridad; Pero la que me dejó marcado fue Aquella de A. Sastre: ESCUADRA HACIA LA MUERTE.

Leo Vilar, profesor de la ESAD

Leo Vilar, profesor de la ESAD

Era el primer año que me matriculé en Arte Dramático. Mis profesores eran Victoria Avilés y LEO VILAR. Ella, llena de vigor y apasionado encanto dominaba todas las técnicas de la puesta en escena y la declamación. Él, aparentemente más distante, pero educadísimo y con su poder de comunicación. Nos convencía de la necesidad de leer y examinar por escrito toda obra viviente que teatralmente, editaba PRIMER ACTO, TEATRO DE VANGUARDIA. Y COLECCIÓN TEATRO DE ESCELICER. Todo estaba en las carteleras de Madrid y Barcelona.

Un día, inesperadamente sonrío…, y dijo: Esto… Una cosa como esta vivieron nuestros padres. Abrió una página de “Escuadra hacia la muerte” y dio comienzo su intervención. Al primer párrafo, él estaba emocionado, después a la mitad, a todos se nos caían las lágrimas.

Al final, llenos de emoción, toda la clase se levantó y comenzó un aplauso enardecido; que él, enérgicamente, cortó diciendo: ¡A los profesores no se nos aplaude!

Enmudecimos todos…”¿pecado?” …. Inmediatamente, Leo esbozó una sonrisa que quedó bañada por un grupo de lágrimas que llegaron a su garganta invadiendo sus pupilas. Sólo pudo decir: “He pasado mucho miedo. Al mostrarme ante vosotros, nos la jugábamos todos”

– ¡Qué ser tan entrañable! Me dije.

Pedro Fernán es Catedrático de la Escuela de Arte Dramático de Málaga

 

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Nuevo adiós

Ayer derribaron el cine de verano. CINE DE VERANOUna valla metálica rodeaba uno de sus flancos, ocupando la acera; en el otro, la excavadora convertía en solar de tierra removida los últimos vestigios de mi infancia. Desde casa, escucho el ronroneo de la demolición. amortiguado por la sordina del tráfico cercano, mientras una añoranza ingenua espolea el reencuentro con la niña que fui en el mismo perímetro del mundo que habitaba entonces.

En el Rincón de la Victoria apenas quedan reencuentros posibles. El rastro del tiempo es un costurón de ladrillo en su anatomía, tapiada de frente y de perfil a lo largo de la costa. Había sido un pueblo marinero que olía a brasas y a salitre frente al mar, a higueras y a huertos tierra adentro, a dama de noche y jazmín en la frescura marítima del anochecer. Aún no nos habían asfaltado la existencia. Desde el primer piso de nuestro bloque, al lado del cine de verano, podíamos contemplar el mar y sus variaciones. La casa era un área de servicio adonde solo regresábamos para comer y dormir, y el verano una extensión ilimitada de mundo a nuestra disposición, desde las mañanas en el copo hasta las noches animadas por la estridencia de los grillos. Las vacaciones se llenaban de after-sun y de Mirindas en los chiringuitos donde sonaba el Achilipú de la Terremoto y Albert Hammond cantaba Échame a mí la culpa.

Pocas experiencias resisten la comparación con la felicidad sencilla de afrontar las olas entre gritos que celebraban el rizo amenazante de sus crestas o la violencia de su estallido cerca de la orilla. Luego, tras recorrer la tarde en bicicleta, la ducha y una cena apresurada por la impaciencia: con el pelo todavía húmedo, una rebeca desenterrada del fondo del armario y un cojín, en noches señaladas nos reuníamos toda la chiquillería y hacíamos cola frente a la entrada del cine de verano. Comíamos pipas bajo el cielo raso y disfrutábamos desde los anuncios de próximos estrenos, aguardando el inicio de Sonrisas y lágrimas o de Los cañones de Navarone -la cartelera traía el retraso adecuado a la humildad del pueblo-. Al terminar, ya en la cama, el roce de la sábana fresca sobre la piel caliente arropaba nuestra ensoñación, deparándonos un sueño profundo y sin sobresaltos hasta que el ajetreo de los vecinos invadía el patio.

Sin saberlo, aquella niña que desafiaba las olas y con su entrada de cine en el bolsillo pedaleaba al atardecer, recorriendo los caminos de tierra por entre las incipientes urbanizaciones del interior, estaba inaugurando cimas de libertad, probablemente las más altas que recuerda.

Ayer, entre los escombros del cine de verano, recordé aquel verso: al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver.

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