Literatura, María Victoria Pérez, Pensamiento

Mary Wollstonecraft

 

MARY WOLLSTONECRAFT   (1759-1797)  –  (Madre de Mary Shelley)

Filósofa y escritora. Valiente, decidida y fiel a sí misma, estableció las bases del feminismo moderno en su libro “Vindicación de los derechos de la mujer” (1792).

“…Enseñadas desde su infancia que la belleza es el cetro de las mujeres, la mente se amolda al cuerpo y errante en su dorada jaula, sólo busca adornar su prisión.”

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Ada Valero, Escritura, Pensamiento

Nuevo adiós

Ayer derribaron el cine de verano. CINE DE VERANOUna valla metálica rodeaba uno de sus flancos, ocupando la acera; en el otro, la excavadora convertía en solar de tierra removida los últimos vestigios de mi infancia. Desde casa, escucho el ronroneo de la demolición. amortiguado por la sordina del tráfico cercano, mientras una añoranza ingenua espolea el reencuentro con la niña que fui en el mismo perímetro del mundo que habitaba entonces.

En el Rincón de la Victoria apenas quedan reencuentros posibles. El rastro del tiempo es un costurón de ladrillo en su anatomía, tapiada de frente y de perfil a lo largo de la costa. Había sido un pueblo marinero que olía a brasas y a salitre frente al mar, a higueras y a huertos tierra adentro, a dama de noche y jazmín en la frescura marítima del anochecer. Aún no nos habían asfaltado la existencia. Desde el primer piso de nuestro bloque, al lado del cine de verano, podíamos contemplar el mar y sus variaciones. La casa era un área de servicio adonde solo regresábamos para comer y dormir, y el verano una extensión ilimitada de mundo a nuestra disposición, desde las mañanas en el copo hasta las noches animadas por la estridencia de los grillos. Las vacaciones se llenaban de after-sun y de Mirindas en los chiringuitos donde sonaba el Achilipú de la Terremoto y Albert Hammond cantaba Échame a mí la culpa.

Pocas experiencias resisten la comparación con la felicidad sencilla de afrontar las olas entre gritos que celebraban el rizo amenazante de sus crestas o la violencia de su estallido cerca de la orilla. Luego, tras recorrer la tarde en bicicleta, la ducha y una cena apresurada por la impaciencia: con el pelo todavía húmedo, una rebeca desenterrada del fondo del armario y un cojín, en noches señaladas nos reuníamos toda la chiquillería y hacíamos cola frente a la entrada del cine de verano. Comíamos pipas bajo el cielo raso y disfrutábamos desde los anuncios de próximos estrenos, aguardando el inicio de Sonrisas y lágrimas o de Los cañones de Navarone -la cartelera traía el retraso adecuado a la humildad del pueblo-. Al terminar, ya en la cama, el roce de la sábana fresca sobre la piel caliente arropaba nuestra ensoñación, deparándonos un sueño profundo y sin sobresaltos hasta que el ajetreo de los vecinos invadía el patio.

Sin saberlo, aquella niña que desafiaba las olas y con su entrada de cine en el bolsillo pedaleaba al atardecer, recorriendo los caminos de tierra por entre las incipientes urbanizaciones del interior, estaba inaugurando cimas de libertad, probablemente las más altas que recuerda.

Ayer, entre los escombros del cine de verano, recordé aquel verso: al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver.

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